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  Sensación, Síntoma y Enfermedad
<h3>Sensación, Síntoma y Enfermedad</h3>

-.SENSACIÓN, SÍNTOMA Y ENFERMEDAD.-





La enfermedad es una de esas condiciones de la vida de las personas que más recursos de todo tipo ha movilizado en la historia de los hombres. Y no es para menos, pues es la enfermedad la causante de un sin número de dolores y sufrimientos, y la que nos aboca a la muerte. Es por ello quizá que esta motivación también está en el fondo de mi trabajo. Quizá por ese temor al dolor, quizá por otras razones de índole religiosa o filosóficas, el cuerpo, y la enfermedad especialmente, han sido considerados como condiciones externas y sólo circunstanciales a esa otra sensación que llamamos “yo.

Es verdad que muchas veces nos acercamos a la enfermedad, y la vivimos, con una actitud, ¿cómo llamarla? disociada, y con un alto grado de ignorancia de los procesos corporales, de la anatomía y de la fisiología. Creo que a veces sabemos más de literatura, de astronomía o de psicología que de nosotros mismos en lo referente al cuerpo; incluso estando enfermos ignoramos lo que no funciona bien en el organismo. Doy por hecho que todo lo referente al cuerpo, y más aún si es el cuerpo enfermo, lo vivimos en mayor o menor medida con miedo y con ignorancia, y nos ponemos las más de las veces en manos ajenas para solucionar problemas que nos atañen directamente. Es como si el cuerpo y su funcionamiento estuvieran al margen del yo y su funcionamiento, como si fueran dos instancias concurrentes en el espacio y en el tiempo, pero de naturaleza diferente; y sólo los técnicos conocen del cuerpo, y cómo corregir sus desajustes.

Mientras que todo lo referente al yo lo tomamos de una manera personal, y raramente permitimos que nadie nos oriente, nos plantee una duda sobre nuestro comportamiento, o nos cuestione lo que sentimos, y mucho menos que nos diga lo que tenemos que hacer, lo que sería necesario o correcto, pues lo sentimos con pudor o vergüenza, como un entrometimiento, un abuso o una agresión. Los problemas personales los solucionamos, y eso intentamos con ahínco, por nuestros propios medios; pero la enfermedad corporal queda al margen de los problemas personales, del cuerpo lo ignoramos casi todo, y vemos en las consultas que al menor síntoma las personas ya no saben qué hacer, ni qué les pasa, y así como toleramos un cierto grado de malestar psicológico, apenas notamos que algo no funciona bien en el cuerpo solicitamos la ayuda de alguien que sepa, pues por nosotros mismos no tenemos recursos.

Pero también es cierto que la experiencia directa es otra bien diferente, en cuanto lo experimentado en el cuerpo, en el alma, en la mente, es indisociable, y hasta la más sutil y sublime de las impresiones, el más leve de los pensamientos, la acción más nimia o la alteración del metabolismo más leve, supone un cambio en el organismo que se siente en todo el ser, aunque sólo me percate de algunos de estos cambios y no de la totalidad de las impresiones posibles. Así pues, también doy por hecho que cada persona, cada ser humano, es uno, más allá de que ese uno podamos disociarlo, catalogarlo o dividirlo en tantas estructuras particulares como queramos, desde la distinción entre lo psíquico y lo somático, las estructuras anatómicas que nos configuran, los órganos, las células, las moléculas... en fin que con el bisturí de diseccionar, sea físico o de la razón, podemos hacer de la persona tantos trozos como queramos. Pero la persona, cada uno, es un ser único, indivisible, íntegro y en el que cada parte, sea cual sea el criterio de la disección, es no sólo necesaria, sino imprescindible, para la realización de las funciones propias de la vida humana.

Y entre ambos presupuestos, es decir, partiendo por una parte de la “fractura” de un yo y un cuerpo (estrictamente hablando creo que esa fractura es la verdadera enfermedad del ser humano), y por otra de la indisociabilidad del ser, está el trabajo que yo realizo, y que no es otro que el acercar a la persona a su patología, tanto desde el aspecto sensorial y emocional, como desde el aspecto más cognitivo y analítico, con un solo fin: reconstituir esa unidad del ser en la que la enfermedad del cuerpo la sienta tan profundamente que me implique por completo en mi vida, en mis relaciones, en mis sensaciones... en fin, la enfermedad como figura que me orienta en mis necesidades. Y de este modo, la enfermedad deja de ser tal.

Así pues... He aquí el espacio, un espacio especial, el espacio que es cuerpo, un espacio ocupado por mí; y es un espacio prodigioso, por cuanto tiene la capacidad de ser sentido, experimentado, vivenciado. Es un espacio lleno, asombrosamente lleno de vida y de sensaciones. Y preciso, a la vez que complejo. Cada órgano, en perfecta coordinación, contribuye con una función específica al mantenimiento del organismo todo. Funciones variadas, pero orientadas siempre o bien al mantenimiento de la propia integridad, o al intercambio con el exterior de lo (in)necesario para la vida. Para eso es cada órgano, cada parte, cada función. Y como digo, es prodigioso que esto lo podamos sentir: puedo sentir la respiración, y los latidos de mi corazón, y el calor generado por el metabolismo celular, y el peso de la materia, y el hambre, y la sed, y las ganas de orinar, y el cansancio, y el sueño, y la posición en el espacio, y el movimiento, y la ternura, y el enfado, y la hartura, y la paz, y la alegría, y el vacío, y el miedo, y la luz, y la música o el ruido, y el descanso, y el pensamiento, y el tiempo, y el silencio... y la profunda sensación de estar vivo, de ser. Todo eso puedo sentir, y mucho más. Puedo sentir dolor en cualquier lugar de mí, como un estallido, o como una presión, o lacerante, y puedo sentir la nausea, y la impotencia, y la ceguera, y el cansancio demoledor, y la inminencia de la muerte, y la rigidez, y el picor más extremo... Todo esto puedo sentir, y lo puedo sentir en el cuerpo, pero incluso más, lo puedo sentir en el alma, pues ese espacio que ocupa mi cuerpo, también lo ocupa mi alma, y mis pensamientos y mis emociones más explosivas o sutiles, íntegramente, sin dejar un resquicio, sin olvidar ni siquiera el más leve intersticio intercelular, pues ese espacio, este espacio, soy yo. Y mientras vivo, funciono; y funciono con lo que soy, con la integridad de mi ser, manteniéndome siempre en un equilibrio imprescindible tanto en el ámbito interno como en el intercambio con el ambiente en el que me desenvuelvo. Y para ello hago lo que puedo hacer, y lo hago con lo que soy, con las células, con los órganos, con cada órgano que tiene una función precisa en el organismo. Yo soy riñón, e hígado, y piel o cerebro, y hago lo mismo que el riñón, el hígado, la piel o el cerebro en la vida. Y necesito lo que el riñón, el hígado, la piel o el cerebro... No es posible de otra forma.

Claro, que yo no soy una mera máquina bioquímica bien organizada en funcionamiento, o sí, pero como decía antes lo verdaderamente prodigioso es que “esto” que soy, lo siento, lo experimento, lo razono, lo pienso, lo comparto; porque igualmente ese intercambio con el ambiente del que hablo se convierte en relación, en movimiento, en expresión, en defensa, estímulo, deseo.

Si somos nuestro organismo, habitemos entonces cada órgano. Y habitar el organismo es sentir, y habitar cada órgano, con la función precisa que realiza, con las necesidades que le sobrevienen, es necesitar, es desear, es movimiento de aproximación o de rechazo, es satisfacción, placer, desagrado, dolor; es tiempo y ritmo, coordinación, atención y sensibilidad.

Sentir, sentir, sentir... sentimos con las sensaciones cuando todo va bien, y con los síntomas cuando algo no funciona bien en el organismo: sensación y síntoma. ¿Qué diferencia hay entre ambos conceptos? Nos referimos a sensación en un doble sentido, por una parte la impresión que las cosas producen en nosotros, y que nos llegan a través de los sentidos; por otra parte, la sensación también es la emoción que sentimos con relación a algún suceso, acontecimiento o relación. De otra parte el síntoma es lo que nos revela la enfermedad, pero en medicina se diferencian signos de síntomas, en el sentido de que signo es lo directamente observable, mientras que síntoma es lo experimentado por el paciente (la erupción es el signo, el picor el síntoma). Desde esta perspectiva, pues, sensación y síntoma no se diferencian, por cuanto ambos conceptos se refieren a la experiencia, a lo sentido. Si las sensaciones nos orientan en la vida, son la base de la experiencia, ¿por qué no han de serlo también los síntomas?

Tomemos una función y el órgano que la realiza en el organismo. El aparato digestivo, con sus órganos específicos, por ejemplo el estómago. Yo creo que ese órgano realiza y contribuye al buen funcionamiento del organismo todo, en la medida que trabaja bien, que me permito realizar correctamente para lo que estoy creado. ¿Para qué está creado, cual es la función del tubo digestivo, del estómago, qué hace, cómo es, dónde está? En un sentido amplio, recibo el alimento que ingresa en mi organismo, lo descompongo, lo desmenuzo, lo homogenizo y lo paso al duodeno, donde sigue el proceso con los jugos que segrego, la bilis, el jugo pancreático, hasta que los alimentos son descompuestos en sus moléculas, las cuales ya me son de una naturaleza tal que me permiten ser absorbidos por el yeyuno e íleon, lo que necesito, lo suficientemente pequeño para ser asimilable; el resto continúa hacia el intestino grueso, donde es absorbida el agua, y con la ayuda de las bacterias que allí habitan termino la digestión con la preparación de las heces y la eliminación de todo lo inservible que incluían los alimentos. Todo este proceso es lento, necesita de un tiempo para que suceda, un ritmo que si es demasiado rápido o demasiado lento me va a ocasionar problemas, dolor, diarrea, estreñimiento, acumulación de residuos en forma de gases o estreñimiento... El aparato orgánico que realiza esta función es, pues, el digestivo, con todas las sensaciones a las que es sensible: el hambre o la sed, la saciedad, la plenitud, el vacío, el abombamiento abdominal, el dolor, la úlcera y la hemorragia, y cuantas sensaciones particulares pueda tener y experimentar en la panza. Y esta descripción tan somera de la digestión y del aparato digestivo, es válida no sólo para los alimentos materiales, lo es también para el “alimento” emocional y el intelectual, tanto en su funcionamiento sano como disfuncional. La experiencia es muy similar. Así pues, en el abdomen no sólo siento lo derivado directamente de la digestión de los alimentos; también es el lugar donde experimento otras muchas sensaciones que son debidas a estados emocionales, y asociadas a situaciones concretas, en las que lo que tomo en consideración no es la sensación somática sino el estado emocional, pero aun así a nadie nos es ajena la sensación de hormigueo en el estómago ante una situación más o menos embarazosa, o los despeños diarreicos ante situaciones que anticipo con miedo... No tenemos más que recordar esos dichos populares, como “cagarse de miedo”, “me sienta como un patada en el estómago”, “ a tal persona o situación no la trago”, “tengo un nudo en el estómago”, “tal situación se me ha indigestado”..., o algunos más que son la traducción directa de estados emocionales a estados somáticos. Y así para cualquier emoción y para muchas funciones orgánicas. A veces podemos hacer el camino inverso: del estado sensorial somático, enfermo, a la emoción que lo provoca, aunque la traducción no es directa ni tan simple el argumento.

Si contrarío, abuso, sobreprotejo, actúo de forma contranatural, por deformaciones emocionales, de comportamiento, o creencias equivocadas, el órgano que hace lo que yo hago mal termina trabajando y funcionando mal; y gracias a los síntomas que produce el órgano alterado, la enfermedad, uno puede saber y corregir, normalizar la función en la vida. ¿Esto cura? Tal vez; mi experiencia es que sí. ¿Cómo hacer esto? Sentir, y saber qué hago como riñón, o hígado, o piel y qué hago mal en mi vida que me obligó a funcionar mal, con esta enfermedad. La sabiduría del órgano en el organismo me guía y orienta, es maestro en la vida, y si la vida cambia, el carácter cambia, quizás también la función mejore y el órgano cure.

Pues bien, la enfermedad no es más que un estado de la persona en la que me vivencio de una determinada manera, con todo un cortejo de sensaciones, vivencias, posibilidades e imposibilidades, tono energético, etc.,, y que son la dimensión sensorial del funcionamiento del organismo, en este momento de manera incorrecta. Pero la enfermedad también es la reacción que tengo a lo que experimento (de impotencia, negación, omnipotencia, culpa...), y sobre todo, la desconexión entre el padecimiento somático y el estado emocional y funcionamiento personal en el mundo. Como si se nos hubiera olvidado que toda experiencia, estado emocional o mental, cualquier comportamiento, toda actitud, tienen un componente sensorial directo y en ocasiones muy importante, y que ese componente es debido a una modificación del funcionamiento corporal, da igual que lo llamemos sensación o síntoma, que sea saludable o patológico, y que ese sentir es el que nos permite funcionar en la vida, a todos los niveles.

Y en el trabajo práctico, para mí son importantes varias cosas.
Es importante que la persona sienta, se sienta en lo más inmediato de su experiencia. Es decir, tener conciencia de las sensaciones del momento. Para ello parto de lo que la persona se percata aquí y ahora: respiración, fluir del aire, inmovilidad, sonidos... y poco a poco voy orientando el darse cuenta a sensaciones más sutiles, pero presentes, que habitualmente no son tenidas en cuenta de forma consciente. Me refiero a la sensación de la posición en el espacio, al volumen que ocupo, a la sensación de calor corporal, a la sensación de peso, al pálpito del corazón en cualquier lugar, a la respiración y las distintas sensaciones de la inspiración y la espiración, a la parada tras la espiración antes de comenzar la inspiración,... En este mismo contexto es importante que la persona sienta sus síntomas como lo que exactamente son, sensaciones, con sus características, modalidades, sin la etiqueta de negativo y la reacción defensiva que provocan; es decir acercarse al síntoma desde la experiencia directa, no etiquetada.

Es también importante para mí el percatarse de las sensaciones y la experiencia corporal de lo que la persona siente cuando se enfada, cuando ama, cuando se entristece... y siempre orientado por la función del órgano y su localización corporal, porque a menudo los síntomas de la enfermedad coinciden o son muy similares a las experiencias somáticas que acompañan a lo emocionalmente sentido, solo que el síntoma está desligado de la emoción, está descontextualizado de la vida de la persona.

Otro aspecto importante es el conocimiento que la persona tiene de lo que es el órgano enfermo, de la función que realiza, de qué es lo que hace. A partir de ahí intento hacer una ampliación de esa función, de manera literal y simbólica, a la vida de la persona. Y lo que siente cuando está en situaciones que son problemáticas en su vida, pues con frecuencia lo que la persona experimenta en esas situaciones tiene que ver con lo que siente en su patología. Quizá este sea el aspecto que más tiempo requiere. También si la enfermedad implica algún tipo de alteración anatómica o lesión intento tenerla en cuenta, casi de una manera literal, de la misma manera que por ejemplo el dolor. Si duele una rodilla, algo me duele en relación con la flexibilidad, o con el movimiento (acercarse o alejarse): encontrar situaciones de la vida de la persona en las que sienta su dolor en relaciones en las que están implicados estos aspectos del dolor de la rodilla no es difícil.

En ocasiones llega un momento en el que el paciente se da cuenta de una manera precisa, sentida, se da cuenta de un “eureka”, de la conexión profunda entre lo que padece, lo que es, lo que siente, lo que hace; y ese momento es determinante en el curso de la enfermedad y de la reacción de la persona, pues la enfermedad ha quedado integrada en la vida de la persona.

El siguiente aspecto es relevante en el sentido de que ese percatarse de una manera sentida de lo que es la enfermedad, de que el cuerpo no es un enemigo, hay que acompañarlo, hacer que la persona se oriente más por lo que siente que por lo que cree, más por sus sensaciones que por los deberes, que se fíe de su experiencia corporal como indicadora de las posibilidades reales del momento presente con relación a cualquier aspecto, pues las sensaciones son la base de estados emocionales en las relaciones con los demás, y “seguir al cuerpo que soy” suele ser una buena orientación.

En medicina hay muchas enfermedades que tienen un sentido fatalista, lo que perpetúa el conflicto y la oposición a la enfermedad, como un destino catastrófico. Si se acaba la pelea existe la posibilidad de recuperación. La enfermedad no es mi enemigo, como no lo es mi cuerpo, y me parece muy importante la integración de la patología en la vida. Romper con esta visión negativa de la enfermedad, en especial de algunas enfermedades más graves, me parece de suma importancia, porque al fin y a la postre, aunque sólo sea en el último momento antes del último aliento, hemos de comprometernos con nuestro cuerpo, la enfermedad se impone, el cuerpo se impone con sus sensaciones, y no nos queda más remedio que ser, no un yo y un cuerpo, no alguien que siente lo que le sucede, no uno que padece, analiza, interpreta, sabe de sí mismo, sino simplemente SER. Si la enfermedad es un medio para esto, bienvenida sea.

No obstante, sí quiero también decir que esto que apunto en modo alguno impide o sustituye a un diagnóstico médico bien establecido, o a un tratamiento químico o quirúrgico necesario, sino que la persona se responsabilice de su propio estado vital, no dejándolo en manos exclusivamente de personas ajenas. Como en psicoterapia, pasar del apoyo ambiental (necesario), al auto apoyo (imprescindible).



Andrés M. Correa Pérez.

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