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  La gestalt ante el sufrimiento


La meta terapéutica de la Terapia Gestalt es incrementar el potencial humano a través del proceso de integración de capacidades, creencias, emociones y conductas, que en muchas ocasiones las vivimos como incompatibles y en la lucha contra nosotros mismos sufrimos y nos perdemos.

La filosofía básica de la Terapia Gestáltica es la de la diferenciación e integración de la naturaleza de nuestros procesos internos. La diferenciación conduce por sí misma a las polaridades psíquicas que se pelean fácilmente y se paralizan mutuamente. Al confrontar los opuestos la persona puede lograr la integración.

A través de la educación (padres, familiares, profesores, pares,...), la personalidad espontánea es substituida por una personalidad deliberada . Lo espontáneo y lo deliberado luchan entre sí produciendo conflictos, mientras que de su integración resultan hombres capaces de autoexpresión y autorrealizacíón.

Desde la óptica gestáltica son tres los factores que impiden al individuo el desarrollo de su potencial genuino:
1.- Los ideales imaginarios, que constituyen todo un mundo de deberes, los “deberías” exigidos por la sociedad e internalizados, que lo alejan de su naturaleza espontánea.
2.- El desarrollo del carácter que dota al individuo de un conjunto limitado y fijo de respuestas, y que, cuanto más descansa en conceptos preconcebidos, en normas fijas de conducta y en la computación mental de respuestas que considera apropiadas, más reduce su capacidad de utilizar los sentidos y la intuición.
3.- Y la actitud fóbica que evita los peligros con la huida, incubando lo fóbico con la propia evitación. Las situaciones, emociones y estados de excitación (rabia, dolor, abandono, deseo...) que nos han provocado malestar intenso en determinados momentos son evitados a lo largo de la vida, aunque siempre de manera incompleta.

Mientras mayor es la discrepancia entre lo que uno puede ser a través de su potencial innato y las ideas preconcebidas, los ideales superimpuestos, la defensa caracterial, mayor es la tensión y la posibilidad de fracaso. Igualmente ocurre con la evitación: cuanto más aspectos hay que evitar y más intensamente se evitan, menos espacio queda para el desarrollo personal.

Desde esta perspectiva el individuo tiene que ser reorganizado y removilizado, con el objetivo de lograr el grado de integración que facilita el desarrollo.

El trabajo de integración tiene tres etapas básicas:

1.- El percibir el flujo constante de la conciencia en el presente. Centrar la toma de conciencia en el cuerpo, en las sensaciones, en las emociones, en los pensamientos, y situarlos aquí y ahora. La utilización del aquí y ahora se basa en la idea de que “existencia es actualidad”, de que el pensamiento unitario no reconoce pasado, presente o futuro. Nuestras vivencias ocurren en el presente, y este presente incluye cualquier experiencia que aflore a la existencia del momento. Por otra parte la utilización del aquí y el ahora como consigna sirve para poner al descubierto algunas actitudes y resistencias primitivas, así como también para limpiar el camino al reconocimiento de las disfunciones, conflictos o escapes.

Las muletillas del pasado, de cada problema no resuelto, inhiben la participación del paciente en el presente, haciendo que su vida sea menos satisfactoria porque le interfieren los asuntos inconclusos del pasado. Pero sus problemas existen aquí y ahora, por tanto mediante la terapia debe aprenderse a vivir en el presente. Si ha de cerrar la persona algún libro de cuentas con el pasado lo hará en el presente. El darse cuenta siempre transcurre en el presente y abre nuevas posibilidades de acción.

2.- Familiarizarse con la estructura de sus conflictos internos y externos. A través de este darse cuenta incrementado es inevitable llegar a darse cuenta de los conflictos internos y externos. La Terapia Gestalt considera al individuo parte de un “campo”, por eso se ocupa de los conflictos externos. El individuo no sólo ha de integrarse por dentro sino que ha de encontrar y mantener un balance adecuado entre él mismo y el resto del mundo. Parte de la idea de que el hombre nace con un sentido del equilibrio social y psicológico tan agudo como su sentido de equilibrio físico. Cada movimiento que realiza, a este nivel, está destinado a encontrar el balance, el equilibrio entre sus necesidades personales y las exigencias de la sociedad. El desbalance se produce cuando el individuo y el grupo experimentan, simultáneamente, necesidades diferentes y el individuo es incapaz de distinguir cuál es su necesidad dominante. El individuo, que forma parte de un grupo, vivencia su necesidad de contacto como uno de sus impulsos psicológicos de supervivencia más importantes; cuando al mismo tiempo siente una necesidad personal que requiere para su satisfacción la retirada del grupo, surgen los problemas. Cuando el individuo no puede discriminar no puede tomar una decisión: ni hace buen contacto con el grupo, ni se retrae. Aquí pone en juego los mecanismos neuróticos que producen interferencias, de las que resultan confusiones continuadas entre lo propio y lo otro.

En cuanto al conflicto interno es concebido como una disociación de la personalidad. Esta disociación se apoya en el eje de aceptación – rechazo de las propias sensaciones, emociones, ideas o comportamientos. Lo que establece esta separación es la censura, que se hace sobre un principio muy simple: necesidad de ser aceptado y miedo al rechazo. Esta pareja de miedo y necesidad nos lleva a relegar determinados aspectos de nuestra personalidad y a potenciar otros. Los aspectos negados no mueren ni desaparecen: lo que no es vivido conscientemente se vive como tensión muscular, emoción inexplicable, ideaciones obsesivas o disruptivas, explosiones o retraimientos emocionales, etc.; en cualquier caso se genera sufrimiento, sea para uno mismo o para las personas cercanas.

Gran parte de la terapia consiste en encontrar los escotomas y activar el lado inconsciente o negado. Cualquier actuación de ambos lados tiende a unirlos nuevamente. La mayor parte del tiempo estamos experimentando ambos lados como opuestos. Mientras más se intenta identificarse con uno, más se vivencia el otro. En términos actuales: si debo ser fuerte y dominante en todas las situaciones, eso significa que estoy siempre sintiendo mi debilidad potencial y cuidándome de ella. La capacidad de darse cuenta de los dos polos es el equilibrio unificado.

Cualquiera que sea el conflicto, en Gestalt se trabaja con el “cómo” se mantiene ese conflicto, en lugar de con el “por qué”.

Dentro de cada límite de la personalidad nos encontramos con fuerzas cohesivas de integración que consideramos lo “bueno”; fuera, en el otro lado del límite, las fuerzas destructivas que llamamos lo “malo”. Para integrar estas partes en conflicto tenemos que desestructurar la personalidad que lo alimenta. Al hacerlo nos encontramos con mucho dolor y/o agresión que ha sido utilizada en el autocontrol, en el autocastigo, o proyectada como un miedo crónico. El mayor obstáculo para la reorganización de la agresión es el miedo a herir o ser herido.

3.- Reorientación topológica. Se refiere al establecimiento correcto de la frontera de contacto entre yo y el mundo externo, y se ocupa de los mecanismos neuróticos.

El concepto de frontera o “límite de contacto” se apoya en la idea de que ningún individuo es autosuficiente, que todo individuo es, inevitablemente, en todo momento parte de un campo. Su comportamiento es función del campo total. La naturaleza de su relación entre él y su ambiente determina su conducta.

El estudio de cómo el ser humano funciona en su ambiente es el estudio del límite de contacto entre el individuo y su ambiente. Es en este límite donde ocurren los eventos psicológicos. El ambiente y el organismo están en una relación de reciprocidad. Una de las características del neurótico es que no puede establecer un buen contacto, ni puede organizar una retirada.

En las neurosis los disturbios del límite operan primordialmente a través de cuatro mecanismos que F. Perls llamó mecanismos neuróticos y que siempre son interferencias en el proceso de crecimiento. Cualquiera que sea la forma que tomen estas interrupciones o interferencias siempre resultan confusiones continuadas entre lo propio y lo otro.

Estos mecanismos son: introyección, proyección, retroflexión y confluencia.

La confusión en la identificación, ya sea que se manifieste a través de la introyección, la proyección, la retroflexión o la confluencia, tiene como consecuencia el desajuste de la personalidad y la falta de coordinación en el pensamiento y la acción que constituye la enfermedad o el origen del sufrimiento. En la terapia tenemos que restablecer la capacidad de la persona para discriminar, tenemos que ayudarle a descubrir lo que es él mismo y lo que no es él mismo, lo que lo realiza y lo que lo frustra. Tenemos que llevarlo hacia la integración. Para ello tenemos que exponer las emociones negativas y transformarlas en energías cooperadoras.

La terapia ha de ayudar al individuo a encontrar los límites adecuados entre él mismo y el resto del mundo y también el balance adecuado de sus emociones. La terapia lleva al individuo desde su pasado, desde la repetición de conflictos y situaciones más o menos inconscientes, a enfrentarse a los nuevos conflictos creativamente.

Para ello no hay más que un interminable darse cuenta. Gran parte del trabajo gestáltico consiste en encontrar y ejercitar la división, de modo que las partes de la unidad puedan volver a juntarse. Legitimar lo que uno vive, responsabilizarse de lo que es propio, encontrar caminos de expresión que equilibren tanto las necesidades internas como las de contacto y retirada, es lo que va a permitir salir del sufrimiento que supone la disputa interna reflejada en multitud de diálogos y voces encontradas en sus múltiples modalidades (enfermedad física, trastornos de ansiedad, del estado de ánimo...).








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